«Para no acabar haciendo el necio, prefiero no empezar haciendo el listo»
William de Baskerville («El nombre de la Rosa»)
«[…] sin embargo, imaginando órdenes falsos habéis encontrado algo…»
Adso de Melk («El nombre de la Rosa»)

domingo, 4 de septiembre de 2016

¿Defender a la familia o a las familias? Una propuesta para repensar la situación

Ha sido convocada para el próximo 10 de septiembre de 2016, en distintas partes de México, la realización de una Marcha por la Familia. No es un fenómeno aislado, y de forma preocupante, pareciera ser el resurgimiento de movimientos de extrema de derecha que abanderando la "defensa de los valores" reintroducen en la sociedad nuevos marcos de discriminación de sectores muy específicos de la población. No atribuyo mala voluntad a quienes las convocan, ni a quienes piensan participar. Tal cosa me resulta imposible de comprobar y no lo considero como argumento útil o razonable. Sin embargo, eso no obsta para recordar que siempre la buena voluntad es la más susceptible de realizar los males más terribles, e incluso apelando a los valores más sublimes

Es de llamar la atención que como movimiento centrado en la defensa de los valores, dicha defensa no ha causado marchas (u otro tipo de acciones no asistencialistas sino de cambio estructural) contra un individualismo exacerbado que deteriora los vínculos y las posibles formas de solidaridad (en ciertos casos las leyes mismas prohiben el tender la mano a quien lo necesita o incluso desalientan la solidaridad mediante sanciones y multas), ni contra el exceso de capital acumulado en las manos de unos cuantos (y del cual hacen derroche) mientras otros aun con el más honrado de los esfuerzos difícilmente obtiene lo necesario para una supervivencia digna, ni contra reformas de la educación que enfatizan la capacitación de los ciudadanos como mano de obra mientras relegan otros ámbitos de formación que no corresponden a los intereses de las grandes empresas. Al parecer, dentro de la escala de valores de la sociedad mexicana que organiza marchas como la convocada para el 10 de septiembre no se consideran suficientemente valiosos valores como la solidaridad, la justicia distributiva y la formación de una mentalidad crítica y políticamente organizada –al menos no como para organizar nacionalmente marchas masivas. Claro que esto amerita ciertas matizaciones: a los círculos más bienestantes y posicionados en situaciones privilegio les resulta fácil acceder a formas de solidaridad condescendiente (incluso voluntariados en el extranjero), a puestos competitivos a nivel de ingresos y de posibilidades de desarrollo profesional y personal de modo que pueden realmente competir por ascender y "progresar" (y podrán decir que tienen las mismas posibilidades que cualquier otro, en teoría), y más todavía, a una serie de prácticas artísticas y culturales de innegable valor y belleza, pero que no se puede negar son –tendencialmente– propias de una élite. Con todo eso, un cierto sector puede ampararse de la crítica apenas hecha. Por otra parte,  aunque haya abundantes historias de personas cuyo esfuerzo y dedicación las colocaron en lugares de excelencia deportiva, académica o laboral, el abuso de estos testimoniales no es sino una buena estrategia para ocultar que hay millones de personas en situaciones poco favorables o muy desfavorecidas que no formarán parte de esas historias, mientras hay un grupo mucho más reducido que sin necesidad de pasar tantas penurias y realizar tanto esfuerzo podrá sobresalir. La historia de los que sobresalen desde abajo se reduce a mera inspiración de "los de abajo", cegándolos para ver la contraparte: un sistema injusto que favorece a unos ya favorecidos y se desentiende de los empobrecidos; así se le niega a esas historias el valor de crítica de un sistema que privilegia a algunos que pueden darse el lujo de derrochar lo que otros tanto anhelan. El "éxito de los de abajo" es aplaudido, pero no genera cambio social alguno: las cosas siguen igual, pues los que siempre han batallado lo seguirán haciendo y los que tienen el plato servido lo seguirán teniendo sin inmutarse un poco. Con todo y su bondad, el valor del esfuerzo de superarse –típico valor neoliberal y bien visto por los sectores privilegiados– oculta y/o elimina del horizonte el valor de la justicia social y económica. En el mercado de los valores el éxito ha desplazado a la revolución, o más aún, a la justicia. Los valores no son neutrales ni inocentes, juegan un papel dentro del campo sociopolítico y económico.

Por tanto ¿qué valores determinan el interés de esta marcha? es mi pregunta, o mejor aún ¿qué intereses determinan los valores que promueven esta marcha?. Ante lo mencionado en el párrafo anterior, me atrevo a decir que son los valores (e intereses) de una clase, de un sector muy específico: son los valores de quienes no tienen que preocuparse tanto por sobrevivir, ni por su calidad de vida ni por pensar críticamente, pues cuentan con los muros suficientes –físicos, morales e intelectuales– para despreocuparse de lo que ocupa y preocupa a la mayoría de la población. Tales valores determinan la jerarquización de los demás valores: por ello vale más defender un modelo de familia que luchar contra el individualismo exacerbado, contra la acumulación del capital en unas cuantas manos, contra la reducción de la educación a mera capacitación laboral; o bien , simplemente se desvincula fácil y prácticamente el valor de la familia de otros valores como la justicia, solidaridad, Derechos humanos, etc.  
Esto no significa que no haya una porción significativa de la sociedad que apoye dichos valores aun sin pertenecer a clases altas. De hecho, es posible que en la marcha llegue a participar mucha gente de escasos recursos (aunque probablemente no haya participación del sector más marginado y en extrema pobreza), pues si hay algo que la globalización ha favorecido es la universalización de valores que corresponden a una forma de vida que sólo es de unos cuantos, o bien, de un grupo muy específico: los de la burguesía, los bienestantes (para muestra, basta con identificar el nivel de vida de las vidas reflejadas en telenovelas, películas, novelas, videos, publicidad. En su mayoría son de clase alta y cada vez nos parecemos más a los protagonistas de esos productos culturales, sea en la apariencia como en los ideales de vida). Si bien no todos acceden a los medios que permiten formar parte o aparecer como pertenecientes a ese nivel de vida medio-alto o alto, los ideales de vida sí parecen estar bien identificados con los ideales burgueses y de los económicamente pudientes. Dicho de otro modo, habrá quien sostenga los valores que animan la marcha sin darse cuenta de que, al participar en ella en los términos en que está planteada, contribuye a beneficiar los intereses que limitan o marginan su situación de vida respecto a posibilidades de mayor libertad, dignidad y mejora en calidad de vida. Esto no quiere decir que considerar a la familia como un valor sea ser cómplice de una injusticia, sino que el modo como se pretende defender y posicionar a la familia como valor puede ser engañoso y hasta contraproducente. Para ilustrar esto va el siguiente comentario:

Las consignas que animan la marcha resultan contradictorias desde este punto de vista: 
a) proclama la protección de la vida en todas sus etapas mas no se involucra de forma efectiva y con la misma intensidad en la defensa de la vida en la situación de precariedad laboral, de represión policíaca en zonas urbanas de extrema marginación, ni siquiera en las demandas de familiares de desaparecidos. ¿Qué vida se pretende defender? ¿No tendría que luchar de suyo no por una exigencia al gobierno de mayor bienestar sino por un cambio en el sistema económico también aunque implicara pérdidas a nivel personal e institucional?
b) aboga por la libertad religiosa y moral de los padres de familia pero no parece haber disposición para lidiar con la libertad religiosa y moral de otros seres humanos, de modo que, a través del diálogo y conforme a un Estado democrático y laico, sea posible llegar a un consenso, aunque tenso, que permita mantener las bases tanto de esa democracia tan proclamada como de los derechos que, de suyo, deberían ser de todos. ¿Qué puede fundamentar reivindicaciones de libertad para unos y negarlas a otros?
c) enfatiza la búsqueda del Bien común mas se desentiende del Mal común que aqueja a la sociedad y más aún, aparentemente excluye a otros de su participación en ese Bien común (la ley debería ser un Bien común en tanto que protege a todos contra los excesos de algunos, o de todos, y aun así, millones en México carecen de los beneficios de ese Bien común). Si no hay preocupación y empeño efectivos por una sociedad más justa en ámbitos que no son del ámbito privado sino de las condiciones de existencia de los ciudadanos ¿de qué Bien común se habla entonces? ¿de uno que prefiere mantener todo como está (porque así es por naturaleza y tradición)?
d) defiende la estructura natural de la familia mas no asume la estructura cultural (o no-natural) de la sociedad. Hablar de estructura natural de la familia constituye un particular fenómeno paradójico: la pretensión de la existencia de una institución natural. Además de lo problemático de esa figura, la lectura de lo natural dependería también del enfoque concreto desde el que se aborda esa naturalidad, pues no se alude a la naturalidad sino con una intencionalidad específica (se quiere justificar o probar algo): natural porque es útil para la supervivencia, natural porque el instinto lo determina, natural porque la ley lo decreta... ¿qué ocurre si ya no es tan útil? ¿si el instinto conduce a otra cosa? ¿si la ley dicta algo distinto? No pretendo discutir los aspectos filosóficos o ideológicos de este punto, después de todo, en tanto que convicción, desde el punto de vista político cualquier ciudadano puede proponerlo y defenderlo (y no es mi interés dirimir la cuestión).

Para concluir, sugiero tomar en cuenta lo siguiente: 
1) no basta considerar a la familia como un valor y defenderlo, hay que poner atención al cómo se pretende posicionar y defender dicho valor de modo que no termine causando males en nombre del bien; 
2) conviene considerar que más que ser "Defensa de LA familia" es defensa de UN modelo de familia (y que no tiene por que ser el único ni universal), cuando la defensa de una institución se enfoca en la forma y descuida contenidos suele tener efectos terribles para quienes forman parte de ella, el peso de la Ley aplasta a las personas;
3) si se pretende realmente defender a la familia, antes habría que preocuparse por y ocuparse en defender a las familias concretas existentes (sea cual sea su configuración) de cuanto amenaza su existencia: pobreza extrema, precariedad laboral y desempleo, violencia, manipulación y tortura psicológica, injusticia y desigualdad, discriminación, exclusión y marginación, desaparición forzada, tortura, enriquecimiento desproporcionado de unos cuantos, meritocracia, ideologías paternalistas, etc. 

Defender un modelo ideal de familia sin defender a las personas y familias concretas y sus condiciones de existencia es un engaño perversoSi quien participa en esa marcha no está en disposición de vivir pérdidas efectivas (en su estilo de vida, recursos, ingresos, etc.) para una sociedad más justa y sin desigualdad, para todos y todas, muy posiblemente su defensa de la familia no sea sino la defensa de un estilo de vida, que poco tiene que ver con la familia, y sí mucho con un sistema económico e intereses de unos cuantos que continuamente sacrifica lo que se pretende defender: familias.

Nota: Por si no quedó claro, este texto no ha abordado las motivaciones de tipo religioso aludidas para la marcha, ni tampoco la cuestión de la homosexualidad. La finalidad del texto es provocar a un examen crítico y de conciencia para tomarse en serio lo que se proclama, con todo y sus implicaciones. En función de no quedar en lo teórico sin compromiso práctico, el orden no sería primero "la familia" y luego las familias sino al revés, primero luchar por las familias y entonces, tal vez entonces, podamos entender mejor qué está en juego en el debate sobre "la familia" (y no es sólo la mía).
Albergo la esperanza de que esto ayude a pensar más a fondo lo que se presume suficientemente claro... pero no es suficiente.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

La silla...

Estoy mirando una silla.
Está vacía, como sin espera.
Sin embargo, ella hace hablar a los libros que tengo a mi lado.
Al hablarme ellos hablo yo, pero no soy yo.
No es su voz. Es la mía.
La voz que me dan con sus palabras.
Mientras, la silla no espera, pues ella es espera materializada.
Leyendo la silla, vivo de una misteriosa nada.

viernes, 28 de junio de 2013

El arte está por advenir: Duchamp, el espectador y la obra de arte



El arte no es pasado sino que está por advenir. El interés de Duchamp por los artistas y espectadores más que por el arte explicita un arraigo del arte en la historia, como un proceso histórico, social, intersubjetivo. Duchamp, lo mismo que Hegel en sus “Lecciones de estética”, se pregunta por la producción de la obra de arte, pero su orientación hacia el advenir (o posteridad en términos de Duchamp) no sólo replantea las preguntas, sino que plantea un proceso creativo muy distinto del movimiento dialéctico hegeliano, y propone una provocadora perspectiva para abordar temas que también ocuparon a Hegel como la posición o lugar del arte en el mundo y el interés por el “lado intelectual de las cosas” más que los aspectos físicos de la obra.
¿En qué consiste esta orientación del arte hacia el advenir? Ciertamente no en la espera de un objeto proveniente del futuro. Duchamp no es idealista, al contrario, parece tener una visión profundamente histórica de la obra de arte. A diferencia de Hegel, la historicidad de la obra de arte no es inherente a la obra misma, en el sentido de que no se trata de un proceso de autodespliegue o producción de sí misma por sí misma. Aunque pueden contar de algún modo, el proceso, la técnica, el artista, no son determinantes del estatus de la obra como obra de arte, no bastan para que una obra sea obra de arte. La peculiaridad de la historicidad en la obra de arte según Duchamp proviene del papel que atribuye al espectador, en torno al cual se desarrolla y resuelve cierta tensión de pasado, presente y futuro. Mientras el pasado es constituido por el carácter de ready-made de la obra, es decir de su partir de algo ya hecho, de advenir en algo previamente manufacturado, el futuro nos remite a la espera del espectador, quien con su presencia y participación en el proceso creativo da lugar al presente de la obra de arte, a su presentación como tal. En otros términos, se trata de una historicidad construida no sobre una abstracción temporal sino sobre la base de la participación de sujetos en el proceso creativo. La realidad de la obra de arte depende directamente del mundo relacional en que ésa se inscribe.
La introducción del espectador dentro de la obra de arte representa una alteración radical en lo que podría llamarse la condición “ontológica” de la obra de arte. No hay obra de arte sin espectador. En consecuencia, el papel del espectador adquiere una relevancia muy peculiar, ya que por su incorporación en el proceso creativo actúa como reactivo que da lugar a una “transmutación” de la materia y del tiempo, abandonando el rol pasivo de “mero espectador” y haciendo explícitos contenidos expresados a diferentes “profundidades” de la obra, e incluso algunos no proyectados por el artista.
De este modo, al afirmar que el arte no es pasado, sino que está por advenir, lo que se  señala es la ruptura que introduce una doble suspensión en el acto creativo. Por una parte, el artista resulta insuficiente para crear una obra de arte. Existe una distancia, una diferencia, una tensión entre su proyecto, su intención y lo que logra expresar (“coeficiente de arte”), pero no significa que la obra por sí misma exceda al artista. La obra va comprendida dentro de un horizonte relacional en el que se sitúan sea el artista sea el espectador. Por otra parte, la obra de arte permanece suspendida, en cierto modo sin lugar en el tiempo y el espacio debido a que no hay obra de arte mientras no intervenga también el espectador que, “descifrando e interpretando las cualidades profundas de la obra haga su contribución en el proceso creativo”. La vida de la obra de arte se mantiene a través de la intervención del espectador, pues en la obra de arte se da esta convergencia-concentración del tiempo y siempre a través del espectador.
El espectador funge pues como el gozne que hace accesible la obra de arte, y a la vez, que la inserta dentro del espacio social a través de la creación de espacios específicos para “ser espectador”: los lugares de exposición. Este último elemento está relacionado con el de la posteridad, que es la forma como Duchamp denominó el establecimiento “definitivo” de una obra como obra de arte.
En efecto, los museos, las galerías, las enciclopedias, desempeñan una doble función en torno a la obra de arte. Por una parte son espacios para constituirse como espectadores; por otra, son los espacios que precisamente por su capacidad de convocar espectadores se vuelven capaces también de determinar lo que puede ser considerado obra de arte o no. Como Duchamp lo muestra con sus ready-mades la diferencia entre un objeto ordinario y una obra de arte va relacionada también con el lugar en que ésta es localizada: un mingitorio es basura cuando está tirado en la calle, y es una obra de arte cuando se halla en una galería. En ambos casos pueden ser observados por espectadores, pero es en los lugares de la posteridad, en el museo o en la galería, donde los objetos se vuelven obra de arte. Sin embargo, dada la relevancia del espectador, cabe señalar el desplazamiento de los lugares de exposición, pasando de los museos y galerías a la calle y el internet. Dicho desplazamiento incrementa las posibilidades de perpetuación de la obra de arte, ya que la cantidad de espectadores no sólo aumenta sino que garantiza su reproducción y distribución.
Este desplazamiento significa una transformación relevante. El espectador se vuelve reproductor. La facilidad de acceder a obras de arte ready-made establece progresivamente un vínculo entre arte y reproducción: lo que se ve en internet o en la calle es reproducido. De este modo, la calidad de la obra de arte se mide por su reproducción, por dar de qué hablar (por ejemplo los videos en YouTube o fotografías con mensajes en Facebook). Como ya se mencionó antes, la obra de arte está inserta dentro de un entramado de relaciones, lo mismo que el espectador, lo que expone a la obra de arte a ser determinada también por la misma lógica que guía las relaciones sociales. Cuando la originalidad se convierte en reproductibilidad, el sujeto en búsqueda de su propia identidad se vuelve una copia más, mientras que su poder de participar en el proceso creativo se traduce en exaltación de lo ya producido y abundantemente reproducido. La continuidad histórica establecida por la participación en el proceso creativo progresivamente se ha convertido en incorporación en el proceso de producción-reproducción, o dicho en breve, ha sido el paso de creación a reproducción. En última instancia, parece que el reto para el papel del espectador en la actualidad consiste en poder definir si participa del proceso del arte o de la técnica, de modo que sea posible decir si el arte es algo del pasado o está nuevamente por advenir…             

jueves, 27 de junio de 2013

«A Dios no se le ve mucho por aquí»… Espíritu y elaboración de la ausencia



Hay una tremenda ausencia, se le percibe en el ambiente. La lectura de Hechos de los Apóstoles que narra el acontecimiento de Pentecostés lo describe así: Jesús está ausente. Interesante modo de hablar: está sin estar. Se parece al modo de hablar de la Promesa: está sin estar… aún; y al modo como hablamos de las cosas importantes de la vida: el amor, la libertad, la felicidad, la verdad, la amistad, todas ellas en realidad siempre están ausentes, no se ven. Vemos gestos, rostros, mas no son lo mismo, y no obstante, es mejor ver eso que nada, aunque sepamos que un rostro no es el amor, a veces sólo a través de un rostro podemos percatarnos un poco de su presencia.
En nuestro mundo Dios está ausente, no se le ve. La soledad toca cada vez más, y con mayor profundidad más vidas. La humanidad está ausente también… hay muchas personas tiradas en las calles, en las recámaras, en los desiertos. Hay quien se pregunta ¿dónde está Dios? ¿dónde está el amor? ¿dónde están los seres humanos? Aunque pocos se atreven a preguntarse ¿dónde está tu hermano?
Las ausencias invaden y el miedo nos vuelve ausentes, escondidos detrás de la máscara, detrás del deseo de felicidad-con-el-mínimo-riesgo-posible, detrás del mí mismo aparentemente imposible de romper, debajo de los buenos deseos.
Es curioso, parece que el «Espíritu» es una forma de asumir la ausencia (no de evadirla, ni taparla, ni suavizarla, sino de asumirla). Definitivamente a Dios no se le ve mucho por aquí, pero sí se ven muchos rostros desconocidos y de desconocidos. En realidad, al hablar del Espíritu, se habla de una promesa capaz de romper toda atadura y temor, incluso la de no ser comprendidos: en Pentecostés, todos entienden, pero para ello tuvo que romperse la paz del encierro, de la propia tranquilidad. No es algo que se provoca, cae como del cielo, simplemente pasa, es una gracia (las personas o situaciones que nos tensan y “ponen a prueba” no son escogidas, sólo llegan).
Escuché a un hombre que vendía paletas en la calle que empezó a hablar de Dios con otra persona. ¿Se entendieron? No. Pero por un momento, ese hombre se comportó como testigo de algo mucho más grande que él… que su medio de ganarse la vida. Se rompió algo… él mismo. A través del Espíritu, esa “ausencia” de Dios que nos permite hablar de él con mayor apertura (se experimenta más comodidad al hablar del ausente) y responsabilidad (recae sobre mí lo que diga sobre él), todo ser humano se descubre atravesado por algo que supera su autoestima, sus proyectos, sus derechos. ¿Quién puede dar paz a otro? Nadie, excepto quien toca en carne propia su dolor sin temor, sin amenaza de resentimiento y venganza: “la paz esté con ustedes… y les mostró las manos y el costado”. Quien tiene el valor de mostrar sus heridas, sin esconderse, sin amenazas ni deseos de venganza, dando paz ¿de dónde sale? Ese ser está ausente, ¿mentira? No, ausencia… está por aparecer. La ausencia es hacer un  espacio en nuestro mundo. ¿Dios está ausente? Es hora de hacerle un lugar en el mundo, ¿la humanidad está ausente? Hagámosle un espacio en nuestro mundo. Lo propio del Espíritu no es el poder ni la victoria, sino hacer lugar, espacio a otros, hacerlo juntos, por eso es amor… y si no se le ve, es porque hay que hacerle un espacio. El Espíritu no está en el interior, sino en el espacio que hacemos a otros… en el espacio que creamos con otros.

jueves, 23 de mayo de 2013

Peace is nowhere…



Peace is nowhere
Spirituality, Social Critique and Solidarity as Peace Education

“One should never go out looking for wisdom.
One can only begin by preparing a dwelling place for wisdom”
(R. Panikkar)

            The present paper draws on one peculiar paradox expressed by the title: peace is nowhere, and peace is now-here. While the first one stresses both the non-objective condition of peace—it is not a traceable object—and its apparent absence in the world, the second one refers to space-time coordinates in affirming the challenge of both conceiving peace as real—and thus producing effects in this world—and affirming peace as resistance to the ideological ‘absoluteness’ of reality. In any case, the paradox points to recognize the mark of a lack in the world, which nowadays has been called ‘peace’. Peace designates something that likely does not exist as such, and simultaneously something whose reality humanity feels deeply compelled to affirm.
            At the same time, the phenomenon of globalization entails nowadays several challenges. On one hand, economy seems to impose itself as an all-encompassing objective truth holder (Dupuy, 2012) while neoliberal values dissolve the relationships along with the conditions of possibility of meaning for life (Dufour, 2008). Corresponding to those tendencies the Western world has witnessed the ‘awakening’ of forms of both truth and meaning based on science or alternative to science, i.e. spirituality. However, spirituality has been also exposed to the effects of the quantification of knowledge, uncertainty and disenchantment of the world. This has led to the proliferation of successful methods—usually quantified as ‘steps’—and techniques, invitations to be free in reducing rules and releasing passions, and the adoption of beliefs that highlight the spirit-material dichotomy or extol scientific knowledge as spiritual truth. On the other hand, the same globalizing process has been unable so far to solve the issues of want, injustice, hunger, oppression and poverty, which still shape the life of the majority of the world’s population. While spirituality may inspire solidarity, it can also unknowingly support structural violence. A more critical approach to spirituality such as that provided by critical theory may raise psychosocial awareness to avoid reinforcing structures of injustice and likewise, enhance political commitment through sound social criticism and effective solidarity.
In such a complex context both peace policies and personal existential quests are susceptible to the effects of ideologies that promise peace but bring about violence and/or anxiety. Indeed, the correlation between imageries and praxis reveals itself as deeply significant in shaping reality. In addition, the current situation of hegemonic pragmatism along with the apprehension of the imaginary institution of society (Castoriadis, 1997) make necessary more than ever awareness of the error and illusion within human knowledge as well as the need for a deeper understanding of the human condition to include the relationship with the other, and the role of uncertainty and an ethical perspective (Morin, 1999).
Consequently this paper elaborates upon the correlation between imagery and praxis as a way to transform reality within the limits of our finiteness—in line with Marxist thought and Lederach’s moral imagination (2010). Additionally, the use of terms usually understood as pejorative—lack, absence, and powerlessness—will serve to show the fundamental role played by negativity in the work of eliciting[1] peace within our finite world.
                            
A challenging situation for Peace Education

Peace is nowhere: the situation and quest for peace in the postmetaphysical era
People look for peace. In the political sphere, the last century witnessed two world wars and latterly a transition in the nature of conflicts from inter-state towards intra-state conflicts (Bercovitch & Jackson, 2012). Throughout the last sixty years the nations of the world have collaborated in creating several international organizations related to world security, development and enhancement of the dignity of human life. The transformation of the form of conflicts and the growing consciousness about human protection produced a modification in conceptions of peace too, and subsequently, in both the nature and objectives of organizations related to peace, for instance, the changes in orientation of the Responsibility to Protect. Thus, the division of negative and positive peace established that peace entails the end of direct violent activity as well as the provision of both sustainable and healthy processes of human development. In this way, through this conception peace became something measurable, traceable within the horizon of earthly objects. Whether this is peace or only the ideal of a particular contemporary socio-political model is part of the challenge presented by postmetaphysical thought (Gur-Ze’ev, 2010).
Indeed, postmetaphysical thought questions the reality of essences, metahistorical immutable entities and the feasibility of all-embracing theories. In other terms, from the postmetaphysical perspective identity or what confers unity, the ideas or the human mind’s means for effective knowledge about the world, and theory as something self-founded become practically impossible objects (Habermas, 1990). One of the immediate consequences of this is that peace does not exist as a real object or metaphysical entity, and if it does, it is likely that the human mind lacks the means for knowing it. In any case, whatever determines peace refers to a specific context, and therefore, to power struggles and politics of truth, i.e. to the political dynamics of authority and its respective processes of legitimation (De Certeau, 2003). Such a deconstructive operation entails a dynamics where contesting powers—and their corresponding conceptual apparatus—are evidenced and determined by each other. Some examples of this operation are the relationship between individual and society, or between narrative and narrator, where is hard to establish who determines whom. Neoliberal peace—an economic-based one—has shaped contemporary wars, and vice versa. 
Accordingly, peace is determined by war, or more precisely, by both power and interests fostering war. This means that war-holders have the power to shape significantly both the relationship between nations or peoples and their ideal form of relationship: peace. It is therefore no surprise that the arms-producers promote commercial exchange, which is supposed to be the way to maintain peaceful relationships as an alternative to violence. Notwithstanding that peace determines war, the reliability of peace seems compromised by two situations: the urgency to counteract war—or direct violence—and the predominant conception of peace as a goal rather than a way (Gandhi). The ordinary conditions of war and conflict carry the expectation of peace as outcome, which lessens the consideration of peace as process and also its potential to exert more influence in shaping conflicts. Certainly war and conflict increase the quest for peace but under the current conditions, wherein people look intensely for inner peace too and peace seems to be nowhere, the urgency of peace may become a trap. According to the rationale of the globalized neoliberal world if there is high demand for peace, peace must be supplied.
           
Peace is now-here: peace in time of its technical (re)production
            As has been shown above, the current quest for peace at the political and individual levels faces two considerable difficulties. First, the infeasibility established by postmetaphysical thought of both defining peace definitively and finding it within the horizon of earthly objects. Second, the high degree of demand for peace since it has been considered a scarce good and predominantly an outcome rather than process. The convergence of both issues set the necessary conditions for the emergence of a new phenomenon: the manufacturing of peace.
            In fact, the technical progress seems to purvey an answer to the issue of peace when this is an impossible-untraceable object and at the same time it is highly demanded. On one hand, widespread violence and the growing angst related to both the lack of existential meaning and the inconsistency of current political communities make peace a primary necessary good. Peace has become a very valuable commodity. On the other hand, the hegemony of economy has influenced also the identity of knowledge to the point that even science is subjected to economic interests (Dupuy, 2012). In fact, “science is fundable research” said Ivan Illich. Production of commodities is the characteristic dynamic of the liberal system. By pretending both to fill every lack and desire with a corresponding commodity and to foster commercial relationships, liberalism seeks to provide peace, peace within individuals and peace between collectives (Dufour, 2008). Science through its methods and measurements develops a science of peace, which entails improving the capability—according to the scientific model of knowledge—of (re)producing peace. Hence the proliferation of methods pretending to provide inner or political peace is problematic, more due to their reduction of peace to a technical question than to their lack of effectiveness. Technical progress and the economy constitute the dyad enabling an effective concrete answer to the lack of peace: peace as a manufactured commodity (Panikkar, 1993B).
            Although peace becomes attainable by manufacturing it, i.e. peace now-here, when and where it is needed, it also becomes more susceptible to be manipulated by economic or political interests. Just as in the case of the work of art, the technical reproduction of peace lacks a ‘here and now’ context (Benjamin, 2008): this manufactured peace has no story or link with the ongoing situation, it does not fit in the current lack. The response of technical progress to this objection has been the production of adaptable peace, techniques and methods for getting a peace corresponding to real needs. However, it is not implied that peace is just filling a lack or empty. Certainly the world must be transformed but this compelling conviction shall consider the question about if—and to what extent—an imposed and/or a ‘filling’ peace are really peace.
            The quest for peace and the use of manufacturing peace to supply the increasing demand of peace in the world have an impact on Peace Education (PE) too. On one hand, the urgency for peace may lead PE to proceed uncritically in assuming forms of peace apparently good but innocuous—if not actually counterproductive. On the other hand, the considerable potential of education to reinforce or question power supporting structural violence provides an opportunity to examine the nature of PE as education or (re)production (ex-ducere or pro-ducere). Most likely there is a hardly dissociable link between education and (re)production, and which is observable through the analysis of relationships of production at the economic, social and political levels. Nowadays—maybe more than ever—the commitment to peace risks being an ideological weapon for supporting structural violence and injustice. This awareness along with the relational nature of both peace and war compels PE to provide a critical approach in focusing in the analysis of relationships.

Spirituality and education

A materialist proposal of spirituality                    
Whatever peace may be, the lack of it is deeply felt. Likewise, the awareness of diversity and difference has led to the understanding that a single perspective cannot solve the lack of peace. However, the suppression of difference has proven also ineffective in bringing more peace to the world. The relevance of the religious factor in the emergence and resolution of conflicts, especially through certain exemplary figures—Gandhi, Martin Luther King Jr., Jesus, Thich Nhat Hanh, Dalai Lama, etc.—seems to suggest that religions, or more precisely the spiritual traditions purvey an approach capable of managing and transforming human conflict. Indeed, within the contemporary postmodernist sensibility the required leadership frame for building peace is spiritual rather than moral  (Comte-Sponville, 2004). One example of this emphasis on spiritual leadership is the significant difference between the importance conferred to looking for self-realization and freedom over looking for moral rules. The relatively recent derivations of science with certain forms of spirituality—for instance quantum physics—point to the significant role conferred to the spiritual dimension as a culminating goal of evolution. The turn toward spirituality has been also highlighted by the renowned peacebuilder J.P. Lederach in his book The Moral Imagination.
Nevertheless, spirituality is far from being uniform, and thence there are several conceptions of it. Not all the contemporary forms of spirituality—or what is named as such—lead to social commitment and moreover some of them foster disengagement from reality instead. Consequently, far from leading towards an integrated and complex experience and understanding of reality, spirituality in some cases broadens the gap between individuals and/or collectives, and reinforces alienation through imageries supporting structural violence. Even though some of these forms of spirituality overtly contradict science regarding the content of scientific propositions they share its rationale of technical reproducibility. In other terms, these forms of spirituality assume uncritically that their own knowledge—technical action—will produce peace. Spirituality turns then into another expression of fetishism of the Capital (Hinkelammert, 1985) or of instrumental reason (Horkheimer & Adorno, 1998).
If spirituality can support structural violence it will be necessary to identify another conception or criterion to discern whether the effective commitment of spirituality is to structural violence or peace. Alternative to those models of spirituality based on detachment from the world, Walter Benjamin proposes a materialist spirituality  consistent enough to provide social commitment, a critical view of reality and transcendence. This materialist spirituality, presented in the fourth of his theses on the concept of history (Benjamin, 2008) holds three basic principles (Reyes Mate, 2009):
First, food and clothing, i.e. “material” goods necessary to live with dignity, are inexorably linked to “spiritual” goods. Second, the essence of spirituality is to fight against injustice, for the noble task of making it possible that everyone has something to eat, to dress with, and dignity. Third, spirituality is critical resistance that delegitimizes the victories of hegemonic power based on injustice. In this way, spirituality does not refer to another world in disengaging from this one, but dignifies it. The transcendent character of spirituality is realized through the dynamics of going from one’s own needs to engage with other’s needs. The potential to provide unity resides in the fight for justice and dignity. Such a fight denies legitimacy to injustice-based victories of any power and in doing so keeps history open to O/other since this world and its powers are not the ultimate reality. Even though it is a materialist fight, this fight leads to create a different world. Based on this model, spirituality consists in just relationships and the world created through them. Spiritual is the language of resistance, solidarity, fight, and the openness from the finiteness to the incoming other: peace, justice, etc.

Peace as spiritual reality
According to Benjamin’s proposal of spirituality,  spiritual realities are neither objects belonging to a parallel world divided from this one—like invisible entities—susceptible of domination through knowledge and technique nor realities pertaining to the inner life of individuals like a type of private property. In both cases, the spiritual world would be a transcendental ratification of the status quo established by neoliberalism as ruling power: domination and private property. It is no surprise that contemporary wars are driven by business or related to economic concerns.
However, spiritual realities relate to economic interests and power struggles. Want and misery in the world evidence a lack, an absence that activates reason and political action. The questions raised by inequalities, the will for commitment in transforming the world, the rebellion against tyranny and the refusal to be in collusion with structural violence spur one to go beyond her or his own limits. The correlation between spiritual and material worlds refers to the quest for justice, dignity and meaning rather than to the action of alienating forces. Certainly, the operation of alienating forces in human dynamics is part of the spiritual feature of the human condition, but these forces focus on dominating and possessing, activities where creation is constantly restrained pointing to its suppression. Furthermore, both the value and meaning conferred to material goods is decidedly important since the daily fight of impoverished people turns primordially around getting food and clothing, and in this manner, this fight gives unity to their lives and in this sense, it is a spiritual experience.
According to Benjamin’s thesis, spiritual goods are not a booty but an active part in the process of resistance to injustice. This is why the consideration of peace as outcome tends to turn it into booty, an achievement of one or more powers, and thus, peace becomes a source of legitimation of those who “produced” it. The reduction of peace to political conquest or personal fulfillment subjugates it to technology’s rationale and particularly to the logic of power and domination. In this way peace becomes a part of the system supporting structural violence and loses its spiritual condition. In consequence, peace does not constitute any alternative to war nor can it provide any improvement to human life. Conversely, since peace belongs to what Benjamin calls spiritual goods it must be related to real lacks in the world, or more precisely, to the type of fights unlikely to be won. In short, spiritual realities entail deep commitment with human powerlessness.  The latter is the essential condition to access the spiritual realm, i.e. to assume human powerlessness—passing through the “gateless gate” in Zen terms (Mumon, 2006)—constitutes the condition of possibility for a human spirituality embodied in both political and social life, a spirituality for the real world. Nonetheless, this is not defeatism but acknowledgement of the limits of the human condition. In other words, although spiritual goods require human participation, they are not totally dependent on human action. Consequently, while human action fulfills everything considered as necessary to reach peace, the latter may not occur anyway (Panikkar, 1993B). Peace is an unpredictable and uncontrollable event, out of reach of human power but not out of the horizon of human possibilities (Badiou, 1999). Peace as spiritual good breaks the rationale of (re)production without remaining excluded from the material world.            
           
Mindfulness: peace cannot be taught but can be learned
At this point, the critical analysis done through both Benjamin’s proposal of spirituality in materialist and relational perspective and the conception of peace as something out of reach of human power—that can be neither produced or manufactured nor dominated—lead to a challenging conclusion for PE: peace cannot be taught.
This last statement requires some clarifications. First, it starts from the conviction that the pretension of teaching peace risks the support of ideological structures of injustice (Freire, 1970; Rancière, 2010), especially when peace is reduced to an object, method, policy or goal. Such an approach reinforces the logic of domination and dissolves the relational dimension of peace by eliminating its alterity, i.e. by converting peace in something dissociated and independent from human beings. Second, reason and technique are not excluded from PE but re-dimensioned. Far from being a refusal of reason, the resistance to technical domination over spiritual goods relies on the double conviction that reason must open itself continuously (Nancy, 2005) and that it needs to be open to the other or risk becoming ‘autistic reason’ (Bellet, 1992). Likewise, technique is more than mere means, it is an essential part of human identity as it has been shown by the correlation between evolution and technique, the fundamental role of language in the humanization process and both the analyses of Heidegger and Simondon (Heidegger, 2008; Simondon, ; Pérez Tapias, ). Third, to deny the possibility of teaching peace acts to preserve  peace as belonging to the spiritual realm. Peace is neither object nor subject but an event, and as such it is not something that exists but that happens. Finally, the statement in question has to be complemented by paraphrasing Kant: peace cannot be taught but can be learned.
Accordingly, the role of PE is to set the conditions for peace to happen, even if it is not assured that peace will occur. From this perspective, what a critical PE may provide to people refers to mindfulness about the personal ongoing situation, the human condition and its limits, the current social situation, the status of relationships and the spiritual nature of peace. Through mindfulness—which requires persistent practice—the peace seeker/builder keeps present the fact that peace happens within relationships, and thus, the presence of the other shall be neither obviated nor subjugated. Moreover, the exercise of setting the conditions for peace exceeds the mere disposition of a space, it must be the expression of a personal/collective commitment within the awareness of the limits of both personal and human action. Personal action cannot completely dominate the other. Human action cannot control or predict everything, especially those events—like peace—involving others.
A synthetic and eloquent expression for what has been said so far is the following story of Anthony De Mello:   

"Is there anything I can do to make myself Enlightened?
- As little as you can do to make the sun rise in the morning.
Then of what use are the spiritual exercises you prescribe?
- To make sure you are not asleep when the sun begins to rise."

Social Mindfulness for a Solidarity society

Peace and hospitality
Peace is neither a manufactured object nor something susceptible to be subjugated by the power of the subject. Conversely, peace presupposes otherness, the presence of the other with his/her/its alterity and vulnerability. Indeed, relationships entail a certain degree of vulnerability. The other can bring grace to life as well as death and wounds. Likewise, peace simultaneously makes human beings more vulnerable and stronger; peace humanizes through this ambiguity. In any case, even within such an ambiguity, peace must be able to make coexistence possible, which is also a form of reciprocal hospitality; therefore peace refers per se to hospitality.
The specific relationship between peace and hospitality may allude to at least three situations for peace: (1) Peace needs a dwelling place to occur (Panikkar, 1993A). This refers to the conviction mentioned above about the human incapability to produce peace, even though human action in creating the conditions for peace to happen is necessary. (2) Peace is a myth (Panikkar, 2002). Being a myth, peace becomes the dwelling place for humans, the foundation where human beings build on both their world and knowledge. Finally (3) peace relies on the tissue of bonds created especially through justice- and solidarity-oriented relationships. In this last situation, peace stresses its spiritual feature in an active sense. It creates and/or makes space for others in this world—whatever activity entailing to put oneself at stake, and perhaps ‘losing’ something, for making real the relationship with the other while making also possible both a just world and worthy life. Making space for peace makes sense because it also makes space for others, even for the unheard world that humanity is aching for. In short, peace is every step (Thich Nhat Hanh, 1992).
  
For the purpose of enhancing hospitality as an inseparable condition for creating a dwelling place for peace, mindfulness may be a significant help. On one hand, mindfulness can enable people to abandon power illusions (one’s own and those created by political powers) and to relate to each other to make space for peace to occur. On the other hand, social mindfulness—the explicit social feature seems necessary since there are strong tendencies to restraining mindfulness to the private individual sphere—can activate both social and political awareness to foster shared-mutual responsibility as well as effective compassion facing the suffering beings in the world. Social mindfulness as used here is a deep critical awareness of structures of injustice as well as of the frail nature of good, because while looking for doing good one can foster evil.
Mindfulness does not provide power but empowers, and given that mindfulness per se is insufficient, it asks for commitment, commitment not to ‘making peace’ but to making a dwelling place for peace. Mindfulness empowers one to commit to make space for others. Since neither risk nor suffering are denied, the whole of humanity can be embraced for the powerless power of hospitality. Certainly social mindfulness is neither the solution nor the infallible way to peace but it can provide a valuable help in both understanding and acting within the world without denying suffering nor giving up to despair.
Peace may be only a questionable illusion and it cannot be “obtained” neither through victory and domination nor through the mere acceptance of powerlessness. In other terms, peace breaks our way of thinking and practices, and in doing so, remind us that paradoxically, fulfillment entails both being “incomplete” (Bataille, 2007) and fighting for a just world with others. “It is only for the sake of those without hope that hope is given to us” (W. Benjamin).


References


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Thich Nhat Hanh (1992). Peace is Every Step. New York: Bantam.




[1] According to the Latin etymology of the word ‘education’, educere is composed by ex: out, outward, and ducere: to lead, to rise, to command, to shape. Education refers to bringing out. In a broader sense education can be also rising up, contrary to the domestication process done by humanist education denounced by Sloterdijk (2006) in his “Normas para el parque humano”.